Comentario diario

Mandamientos son escuela de amor

En la persona del joven rico, vemos dos conductas respecto a la obediencia de la voluntad de Dios muy diferentes. Por una parte, ha cumplido todos los Mandamientos desde niño; pero por lo que sucede después descubrimos que se trata del deber por el deber. Algo de esto puede sucedernos también a nosotros, que vivimos Los Mandamientos como una obligación, una imposición “desde fuera”, como algo que se impone a nuestra libertad y nos incomoda y no nos ayuda a amar. Por ello lo realizamos “sin alma”. Este camino nos conduce inexorablemente a buscar el modo de “complicarnos” la vida lo menos posible, camino seguro del egoísmo, que no nos hace más generosos, mejores. Aunque este camino supone esfuerzo y lucha, sin embargo, aquí el deber no ayuda a crecer, a hacernos mejores. Esto es lo que quizás le ocurría al joven rico del Evangelio: “todo eso lo he cumplido” y ante una llamada a crecer en generosidad no responde con alegría, sino que “se fue triste”. El camino de “cumplir” los mandamientos no ha sido para él un camino de madurez en el amor. Ha puesto empeño y se ha sacrificado, pero no ha aprendido a amar. Los mandamientos no han sido para él camino de perfección, de “llegar hasta el final”. El otro modo de realizar lo que nos corresponde es movido por el amor. Este sí es camino de la perfección. El amor está en el fondo de la experiencia del deber moral. Obedezco porque amo, porque me sé amado por quien lo manda y, por tanto, porque lo mandado es atención a mi propio bien.

Se trata de algo que puede sucedernos a cualquiera en nuestra relación con Dios. Nos limitamos a “cumplir” su voluntad y con esto debería estarnos agradecidos. De este modo nos incapacitamos para descubrir la verdadera vocación, lo que realmente espera de cada uno: amor, ser sus hijos, vivir como tales. Dios nos llama a formar parte de su intimidad. Por ello no le “basta” – no debería bastarnos a nosotros – con un mero cumplimiento. “Si quieres ser llegar hasta el final”, si quieres ser perfecto “vende lo que tienes”. Es decir, entrégate tu. Eso es alcanzar la madurez en el amor. No somos meros “cumplidores” de normas, sino personas llamadas a entrar en comunión con Dios mismo. Reconocemos, además, en la voluntad de Dios, en sus mandatos el bien para nosotros, el camino que nos conduce a la felicidad a la verdadera libertad y a aprender a entregarnos en el amor. El Evangelio de hoy nos lleva a preguntarnos por cómo hacemos nuestra la voluntad de Dios, por lo que realmente buscamos al obedecerle ¿Lo hacemos con la mentalidad del hijo que sabe que todo cuanto es del padre es también de él, por tanto, con alegría, como quien tiene su paga en poder querer y servir a su padre? Acudamos a la Virgen, Madre del Amor Hermoso, recorrer con alegría esta escuela de amor que es la lucha por vivir de la voluntad de Dios, alimento de su Hijo.

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